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Lírica para el otoño | Invitación a recogerse en uno mismo

por Emi Zanón Simón (Escritora y comunicadora)

"No sé si por estos lugares se pasean hechiceros espíritus, o si un delirio celestial llena mi corazón, porque todo cuanto me rodea paréceme un paraíso".

"Semejante a una de esas suaves mañanas de primavera que dilatan mi corazón, reina en mi alma una admirable serenidad. Estoy solo, y gozo y me regocijo de vivir en estos lugares, creados para almas como la mía. Me siento tan dichoso, amigo mío, estoy totalmente tan absorto en el sentimiento de una plácida existencia, que hasta mi talento se resiente de su influencia". Werther, de Goethe
.

Con estos dos pequeños e infinitamente hermosos extractos de "Werther", la novela epistolar del romántico alemán Goethe (1749-1832), considerada como una joya universal de la literatura, y un extracto de mi primera novela "Su último viaje" (una novela lírica sobre el Amor y el sentido profundo de la Vida), he querido, en esta hermosa estación otoñal que invita al paseo contemplativo, al gozo de los sentidos, a recogerse en uno mismo y a bucear en nuestro interior, plasmar en este papel el bienestar que me proporciona, como a Werther, mi profundo amor a la Vida y todo cuánto nos rodea, pues igualmente, "paréceme todo un paraíso". Espero que los disfrutéis y tengáis un feliz otoño.

"… Acababa de cerrar los ojos, después de observar durante un buen rato, o mejor dicho de amar, porque lo que experimentaba en ese momento con la observación de un hermoso rayo de sol reflejado en el estanque, era amor, mucho amor por la naturaleza, por el cosmos, por toda la Creación, cuando, de repente, sintió una gran fuerza que penetraba por su coronilla y la aspiraba hacia arriba a una gran velocidad. Sintió, al principio, un poco de vértigo y desconcierto. No sabría medir en tiempo cuánto duró ese tirón, pero lo cierto es que le pareció eterno, hasta que, súbitamente, vio un punto de luz pequeño muy brillante que, conforme se acercaba a ella, también a gran velocidad, se iba haciendo más grande. Al instante se vio envuelta en una gran espiral de luz blanca muy hermosa e intensa, no cegadora, y sintió mucha paz. La espiral la hacía girar y girar, y cada vez la paz que experimentaba era mayor. Al fin se detuvo la espiral en un punto de vacío infinito en el que ella, libre de ataduras carnales, sabiéndose solamente conciencia, dejaba que ese amor sin límites, embriagador, universal, que la rodeaba, que estaba en todas partes, penetrara en ella. Fue tan grande el gozo, tan grande la dicha, que llegó a un punto en el que sintió que su ser eclosionaba con fuerza en miríadas de universos pequeños refulgentes de amor, luminosos. Experimentó cómo cada uno de esos pequeños universos era ella misma. Y se expandía y expandía sin cesar por el infinito hasta que llegó a un grado de amor de tal intensidad que se disolvió y se sintió Una con el Todo. Fue entonces, diseminada en el Todo, que comprendió, entendió, percibió y sintió a Dios en todas sus dimensiones... Y se sintió Dios.

"—¡Oh! Dios mío —exclamó su alma— qué maravilloso es saberse universo, constelación, galaxia, o nebulosa, porque en cualquier apariencia somos la realización de tu voluntad, somos la creación de tu corazón, somos energía pura de tu amor, somos VIDAAAAA...

"En ese momento, embriagada de espíritu divino, se dio cuenta de que todo el Universo era, y emitía, una gran sinfonía musical. Cada cuerpo celeste, cada astro, cada planeta, cada galaxia, cada nebulosa, emitía una nota musical propia de acuerdo con su vibración. Todo en el Universo era vibración, era sonido. El sonido se hallaba en el origen de Todo. Cada esfera celeste danzaba en armonía emitiendo su propio sonido, su propio timbre, su propia intensidad. Todos los sonidos eran armónicos del sonido principal y único de la Creación, de la Fuente, del Todo. Gozó desde su alma, desde su espíritu, la gran melodía universal. La armonía universal de las esferas la sumió en la nada... Y desde la nada, despertó en el gran estanque de peces dorados y flores de loto. Un ruiseñor se había apoyado en su hombro y le estaba cantando suavemente en el oído. Cuando intentó acariciarlo, el ruiseñor emprendió su vuelo".

(Parte I, En el Paraíso, capítulo "La tarde", del libro "Su último viaje", finalista del XII Premio de Novela Fernando Lara)

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