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La magia de Marco Caparrós | Una experiencia dolorosa cambió la vida de este genial artista, que convirtió las salas del Museo de la Ciudad de Valencia en un espacio creativo singular

Tras el saludo nos llama la atención el gorro azul que le cubre la cabeza. “El azul me representa, me hace vibrar en mi propia esencia, es como ponerme el traje de Yo. Me acerca a la unidad en el planeta”, explica con una amplia sonrisa, y agrega: “Llevo seis años viviendo en el puro gozo de canalizar todo tipo de información, dibujos… Disfruto de cada segundo como un niño, trabajando, ¡qué gusto!, ¡qué placer! Todo lo que surge ya no es de mi mente, sino de mi interior”. Marco Caparrós, en medio de su actual “estudio” en el Museo de la Ciudad de Valencia, donde estará hasta abril, nos ofrece la oportunidad de conectarnos directamente con su intimidad (más que artística) a través de “Presencia. Work in progress”.

Amable, efusivamente comprometido con aquello que trasciende los sentidos, Marco confiesa que “siempre he sentido la magia en todo lo que he ido creando, pero tuve que hacerlo consciente”. Esto le significó pasar por una experiencia dolorosa: “Me fui a México, siete años atrás, para morir. Me estaba apagando por una serie de circunstancias. Después lo entendí. El Ser me llevó al límite de tener que tomar una decisión. Hice un testamento, contraté un seguro de vida para que la familia no se gastara un duro para repatriar mi cuerpo y viajé al otro lado del océano”.

Nada más llegar y las cosas dieron un vuelco espectacular. “Allí no conoces nada, pero puedes sentarte en una playa y mirar las olas, o comenzar a andar... Fui vaciándome de todo lo que había llevado a cuestas durante toda mi vida. Después comprendería que en este proceso uno muere o renace. Al vaciarme, mi Ser pudo integrarse y entonces, nuevamente, apareció la magia”.

Fue un cambio vital, según recuerda conmovido por algunas imágenes que le hacen revivir momentos inolvidables, tal vez irrepetibles. “Reconecté conmigo”, dice, y tras viajar de México a Guatemala, en un restaurante en la zona de Tikal, durante un cuarto de hora, con los ojos cerrados dibujó algo que lo impresionaría: “Me di cuenta de que tenía el lápiz sobre un folio y quería expresar algo. De pronto, si utilizaba la mente, la mano se detenía, y si dejaba la mente sin pensamiento, la mano continuaba con el trazo. Cuando acabé, el lápiz terminó en el mismo punto donde había comenzado a dibujar. Al salir del restaurante vi un plano de la zona, ¡era lo que había esbozado!”.

Las experiencias se sucedían con la misma intensidad: “Entraba a las pirámides y cerraba los ojos. Podía andar sin problemas. Levantaba la pierna y era porque allí había un escalón… Conocía el sitio, estaba en mi casa”.

En aquel momento “la maquinaria vuelve a funcionar”, afirma con la mirada elevándose. “Ya conscientemente, en mi conexión, decido volver y quedarme aquí porque tengo que comenzar a mostrar. Hasta entonces no había sabido por qué pintaba y dije que a partir de ahora hay que mostrar todo esto”. Antes había realizado cuadros como uno que está expuesto en el museo. “En ese que ves ahí –señala–, de peces bandera, existe un acto de psicomagia. Aparecen representando países enemigos en una actitud más fraterna, una imagen para que haya cambios en el planeta”. Un antecedente que presagiaba lo que vendría en la nueva etapa creativa de Marco.

A partir de aquellos instantes “he conocido lo que es la total impecabilidad del universo, mi equilibrio personal”, dice para referirse a otra experiencia que sucede de acuerdo con sincronías eventuales: la sanación de otras personas.

La característica que cambió en su posición, de cara a la vida, es que si bien nunca le ha interesado hacer exposiciones porque “cada vez que debía hacerlo era como una desilusión, un trabajo de ocho meses en el estudio para mostrar durante un mes, sintiendo que no me llenaba”, de pronto descubrió que “no tengo nada que esconder sino todo lo contrario: debo demostrar lo indemostrable. Me lanzo a este lugar, donde expongo todo lo que yo soy”, sin más certezas.

Seguro de su inspiración, resalta el hecho de que “aquí se está dando la creación viva”, algo que también enriquece con los actos culturales complementarios que se suceden domingo tras domingo, en el mismo museo, convirtiendo los encuentros en un referente en Valencia. Cita como ejemplo una performance que incluía un concierto de cuencos de Pepe Lanau, de cuarenta minutos. “Yo dibujaba a su lado un cuadro de dos metros por dos metros. La sala, llena. Niños de cinco, seis años, ocho, ni pestañaron… Era algo mágico. Alguien lloraba… experiencias vitales”. La gente, ciertamente, vive una maravillosa experiencia.

El artista admite que “en otros momentos cualquier cosa montada a este nivel hubiera podido dar pie a que muchos pensaran de mí como un loco”, por lo cual deja claro que “soy tan normal, no invento nada de lo que me ha ocurrido, sino que lo muestro. Cuento una historia que me ha sucedido y que le puede ocurrir a cualquiera, con simplicidad y sencillez”. Y el público lo agradece.

En abril cerrará sus puertas “Presencia…”, para dar paso a un evento similar en ciudades como Dubai, Mascate (Omán), o la misma Madrid. “Cuando uno hace lo que debe, todo se pone muy fácil, fluye, irradia”, comenta Marco, para reflexionar finalmente que “he cogido energía de la gente y la he puesto a funcionar para que se produzca la magia de que mil cosas estén ocurriendo”.

Fernando Martínez