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Contador de los días | La experiencia de Javier González, un antropólogo que se sumergió en el mundo maya

Vive en otra dimensión. Su voz pausada, reflexiva, narra su experiencia como contador de los días, según la tradición maya, y cautiva la despreocupada forma en que comparte un cúmulo de vivencias. Años atrás, Javier González, poco antes de terminar la carrera de antropología social, viajó desde Madrid hacia Colombia gracias a una oportunidad que le dio una oenegé cuyo trabajo se extiende en favor de pueblos indígenas de Iberoamérica. Luego de dos años y medio, regresó, terminó el doctorado y volvió a América, esta vez a Guatemala.

El contacto con un anciano fue el inicio de un vuelco radical en su vida. Aquel hombre lo “bautizó” con un nombre maya, explicándole las características psicológicas y aptitudes que poseía. También le recordó un sueño que había tenido recurrentemente de pequeño: un punto de luz en la oscuridad que se convertía en espiral de fuego, escena que le provocaba un abrupto despertar llamando a su madre. ¿Cómo conocía esta vivencia onírica el viejo sabio?

A partir de entonces se interesó por el calendario como también el resto del conocimiento maya.
Más tarde se le presentaría una oferta de trabajo para trabajar en otra zona rural guatemalteca. Fue entonces que, ante la duda, decidió visitar al anciano para pedirle consejo. Tras un ritual, le dijo que aceptara, sin ocultar una extraña sonrisa. “Comience encendiendo una vela blanca y otra amarilla, y agradezca que su corazón late”, le sugirió también.

El nuevo trabajo consistía en participar de un programa de salud materno-infantil y cuando conoció a Carlos, su jefe, pronto supo por qué se había sonreído el anciano: era su hijo. Desde ese momento se desencadenaron más acontecimientos singulares. “A la semana de estar, durante tres horas lloré frente al ordenador. Fui a la casa de Carlos, allí tenía un altar, me mostró velas, flores, y me dijo que me desahogara frente a aquel retablo. Lloré, y me sentí más tranquilo”, recuerda. Tardó un mes en decidirse en tomar otro rumbo en la vida. Carlos lo invitó a las tradicionales ceremonias con fuego, hasta que por fin, cuando vio “cómo el fuego bailaba en espirales”, empezó a sentir en su interior una sensación de pertenencia, otra forma de percibir la realidad.

Durante un año, junto a compañeros estadounidenses, colombianos, también otros españoles y guatemaltecos, aprendió el saber maya. Hasta que llegó el día en que le entregaron sus elementos de contador de los días, “que es lo que yo soy”, reafirma: una faja, pañuelo para la cabeza, una cruz de madera y una bolsa con 260 semillas.

“El camino maya consiste en estar atento a los días, tener gratitud hacia cada día, que posee un carácter diferente, una forma de expresarse. También se aprende la enseñanza cotidiana: los glifos, ideogramas que representan los nahuales, los días, sobre tres patas, que significan pedir, recibir y agradecer. Las tres piedras también simbolizan los tres principios de lo sagrado, lo que es tres veces santo”, explica Javier.

El camino maya, según sus palabras, se sintetiza “en seguir el calendario y apreciar que lo que nos ocurre a diario está relacionado con la energía de cada día”. Para un contador de los días, el camino significa tres cosas: leer el nahual a quien lo desee conocer, consultar un oráculo de semillas y realizar rituales con fuego, sean colectivos, individuales, de agradecimiento o petición.

Tras mencionar que “los nahuales es la energía de las 24 horas de cada día, que comienza con el amanecer y termina con el amanecer siguiente” y otros detalles, Javier advierte que “la energía del nahual del día de nuestro nacimiento nos acompaña toda la vida”, pero “como somos tan complejos existen otros ocho nahuales que conforman nuestro ser”. Para los mayas, que “también creen en la reencarnación, el ser está vinculado a una memoria pre-espíritu. Digamos que venimos aquí con una memoria antigua, una serie de dones que hemos ido acumulando en el viaje del alma”. Sin embargo, no hay excesivo énfasis en la cultura maya sobre las vidas pasadas. “El camino es para vivir cotidianamente, estar atento al presente, no hay que reparar tanto en el pasado o el futuro”, destaca.
Por otra parte, Javier admite que el oráculo maya no se diferencia de otros métodos de adivinación. No obstante, le enseñaron que “sirve para analizar un contexto”. Además interviene “la intuición del contador de días, la predisposición de quien consulta y las circunstancias que aparecen en la consulta, como un gesto, una llamada, la aparición de un insecto…”, dice.

Por último, cuenta que “cuando uno viaja por Guatemala, encontramos que en la mayoría de las montañas y valles hay altares naturales. Muchos sitios presentan su suelo quemado debido a que la gente lleva velas e incienso, y allí realiza un fuego”. El ritual del fuego “es una puerta al ayer y al mañana”. Así va desgranando las fases ceremoniales, que incluyen los cuatro puntos cardinales, los cuatro elementos de la naturaleza, los colores representativos y la cruz maya que desde el primer momento de su presencia en América conocieron los hombres blancos.

Esta cruz en el extremo superior del trazo vertical “tiene dibujado el quetzal, ave de la luz, y en su extremo inferior una especie de ogro con cara de buen rollo, que representa la oscuridad”. De uno a otro punto queda representado el recorrido del sol. El eje horizontal está graficado a través de una serpiente de dos cabezas, “cada una figurando nuestra llegada y salida de este mundo”. La intersección de ambos trazos simboliza la vida presente.

“Las ceremonias sirven para agradecer y también para pedir”, finaliza diciendo Javier, quien recuerda que muchos descendientes mayas lo hacen antes de partir hacia Estados Unidos buscando una vida “mejor”.

Este contador de los días, a su tiempo, relatará mucho más de lo que en estas líneas queda reflejado a través de un libro. Pero todo a su tiempo, ya se sabe.

por Pablo Arturi