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El perdón | Bálsamo curalotodo

Recientemente uno de mis clientes, Miguel, en una sesión chamánica recibió una visión en la que se fundía con su Animal de Poder, en este caso un Pelícano. Tras experimentar su belleza, pureza y esplendor, el ave y el hombre fundidos echaron a volar en busca de aquellos peces que servirían de alimento a sus polluelos. La escena cambió súbitamente: se vio tendido en el suelo con el corazón al descubierto y dos Orcos aprisionaban su corazón, agarrándolo entre sus manazas. Se desdobló y observó esta imagen desde el exterior sintiendo que se hundía en el mar con un profundo desasosiego, preguntándose “¿por qué yo?, ¿qué he hecho para merecer esto?”.

El tambor dejó de sonar, volvimos a la realidad ordinaria y compartimos nuestra visión para dotar de una mayor profundidad a las enseñanzas recogidas desde el plano sutil.

Tras varias preguntas de poder, Miguel descubrió que había en su corazón un fuerte resentimiento hacia sus padres pues sentía que no le habían brindado el amor y el afecto que se merecía. Miguel no podía, ni quería, perdonarlos y les atribuía su propia incapacidad de dar o recibir abrazos de sus hijos abiertamente. Al rencor que habitaba en su corazón le acompañaba una ausencia de amor propio con la consecuente búsqueda de afecto “ahí fuera”, a fuerza de sacrificio extremo y ausencia de asertividad.

¿Cómo perdonar? No es una cuestión de simplemente decirlo de boca para afuera, hay que sentirlo. Y, ¿cómo sentirlo? Queriendo. Y, ¿cómo querer? Accediendo a lo transpersonal y pidiendo al Universo que se te conceda la capacidad de perdonar que aún no tienes. A partir de aquí todo se pondrá en marcha para que así suceda. En un viaje chamánico puedes poner la intención de conectar con tu animal de poder y tus maestros guía para que te otorguen la gracia de perdonar. Quizás entonces, por ejemplo, tu viaje empiece con la visión de los Orcos con el corazón entre sus manos, se manifieste algún Arcángel o el mismo Cristo, que con un simple toque transforme a los “malos” en sendas palomas que emprenden el vuelo. Puede que la visión continúe con la aparición de tus padres, éstos se conviertan en los niños que fueron y sientas que ellos, al igual que tú, tuvieron sus sueños y anhelos de infancia, miedos, desilusiones, rupturas, un difícil porvenir… En definitiva, experiencias que les llevaron a olvidarse de quiénes eran, como te ha pasado a ti, y que les limitó su capacidad de mostrar afecto. Ahora, al mirar a los ojos de esos niños, quizás te inunde una profunda comprensión y compasión que abra de par en par tu entendimiento y tu corazón…

Es a partir de entonces cuando realmente hemos experimentado la compasión y el consecuente perdón en el plano transpersonal, que la “magia” empieza a funcionar en al plano ordinario y de repente un día, sin esperarlo, acaso recibes una llamada de tus padres y en plena conversación te encuentras diciéndoles lo mucho que los quieres. Tu rencor ha amainado y tú permites el acercamiento. Tu niño herido empieza a sanar pues a partir de ahora todo el amor incondicional que necesita se lo vas a suministrar tú. El adulto dejará gradualmente de exigirlo a sus padres, hijos, pareja o círculo social pues empezará a sentirse íntegro y sin rencor. Hay que tener en cuenta que el Perdón no es algo que suceda de una vez y para siempre. Es un proceso que implica permanecer siempre atentos y seguir sanando aquellos recuerdos del pasado proyectados al momento presente, haciéndonos responsables y conscientes de nuestras carencias de niñez.

Perdonar no significa “tragar” o justificar conductas que nos causan sufrimiento por lástima (importante no confundir lástima con compasión), pues probablemente lo que estemos ocultando es un sentimiento de rabia no aceptada o cierta actitud de superioridad. Para experimentarnos como personas íntegras es importante no reprimir ni negar ninguna de las partes que componen nuestra totalidad psicológica, lo cual incluye la capacidad de sentir amor y cariño, pero también sentir rabia y resentimiento. De no ser así estos sentimientos permanecerán ocultos en las sombras de nuestra psique, neutralizando nuestra capacidad de perdonar o somatizando dolencias y enfermedades. Sentir y aceptar la rabia y el dolor es el primer paso que nos llevará a las puertas de la comprensión verdadera de que nunca hubo nada que perdonar.

El Pelícano es el ave Simbólica de los Rosacruces y de la Francmasonería como emblema de la ley del sacrificio de la mente ante nuestra divinidad. Alegóricamente, en la iconografía cristiana, simboliza la eucaristía. Podemos ver en la ornamentación litúrgica imágenes del Pelícano alimentando a sus polluelos con su propia sangre, representando a Cristo en la última cena.

Encomendémonos a un entendimiento más grande y pidamos perdonar desde ahí donde la mente ya no alcanza y permitamos que esa gran medicina-bálsamo curalotodo, el perdón, deshaga nuestra ilusión del dolor.
Feliz senda,
Ahó!.

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Martín Ribes