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Los dos mundos | El ámbito de los dioses... una dimensión olvidada

Estoy tumbada con los ojos cerrados, me concentro en mi respiración y voy relajando cada uno de mis músculos. Poco a poco empiezo a entrar en alfa mientras centro mi atención en mi entrecejo e inicio mi descenso por las escaleras: 10, 9, 8, 7, 6… Cada vez estoy más relajada y me adentro más y más en mi mente profunda… 5, 4, 3, 2, 1. Estoy ante la puerta mágica y cuando la cruce estaré en el mundo no ordinario, donde voy a obtener respuestas y sanación. Miro la puerta y hay una enorme serpiente custodiándola. Le pregunto por qué está ahí y me dice que para probar mi valor. “Si quieres cruzar, tendrás que cogerme. Si soy sólo una ilusión me desvaneceré, pero si soy real te morderé”.

Siento un miedo profundo, pero aguanto la respiración, cuento hasta tres y ¡pum! Alargo la mano y la serpiente se ha esfumado y ahora luce en mi muñeca en forma de brazalete una suerte de amuleto que me ayudará el resto del viaje. Cruzo la puerta y camino por un hermoso bosque hasta que llego a la entrada de una gruta. Entro y hay un oso durmiendo. Me tumbo a su lado, estoy muy cansada (en la realidad ordinaria tengo gripe y fiebre). No me puedo dormir porque mi mente no para de darles vueltas a todas las cosas y obligaciones que tengo que atender. Abro la cremallera que el oso tiene en la tripa y me meto dentro de su cuerpo. Aquí se está bien y calentito. Luego subo hasta el cerebro del oso y escucho sus pensamientos: “Estás cansada porque ya no respetáis los ritmos naturales de las estaciones ni que hay un momento para cada cosa”.

Abandono la caverna del oso y continúo hasta una hermosa cascada. Siento que mi cuerpo arrastra un cansancio de mil años, de mil años, de mil años… Me meto en el agua y comienzo a limpiarme, y de mi cuerpo salen una especie de círculos. Son rostros, como caretas, que se los va llevando la corriente y reconozco que son todas mis vidas pasadas y que el cansancio que me lastra viene por tanto vivido. A continuación se presenta ante mí una gran figura, de unos tres metros de altura, por lo menos, que tiene cabeza de toro y unos largos cuernos. Va vestido con una especie de túnica blanca ceñida en la cintura con un cíngulo dorado. Es imponente. Me dice que se llama Baal y me dirige estas palabras: “Has tenido que pasar por muchas y duras pruebas para llegar hasta aquí. Aún te queda una última y más importante: la ascensión”. Me lanza el reto, pero decido seguirle.

Entramos en un templo y vamos hasta un altar, como los que hay en las iglesias católicas. Yo estoy con un grupo de gente y somos los que van a iniciar. Uno a uno van pasando por delante del altar y Baal con una gran espada y de un golpe seco les corta la cabeza que cae en un cesto. Es mi turno, me arrodillo, Baal me golpea con la espada en un hombro y luego en el otro, cierro los ojos y aguanto la respiración… Acto seguido empiezo a ascender, siento una libertad y una ligereza indescriptibles, como una pompa de jabón. A regañadientes regreso a mi cuerpo y abro los ojos.

Las culturas de todas las épocas han manifestado un hondo interés por los estados no-ordinarios de conciencia, han desarrollado métodos eficaces para inducirlos, como la danza, la percusión, la meditación, los cánticos, la respiración, el dolor físico, la ingesta de distintos brebajes -bebidas espirituosas o plantas enteógenas, que etimológicamente significa sacar al dios que llevas en tu interior- y han relatado las diferentes etapas del viaje espiritual.

La espiritualidad es una parte innata en los seres humanos, tan natural como la física, la mental y la emocional y, por tanto, debe ser respetada la expresión de este impulso místico y creativo para gozar de una vida sana y completa. Durante mucho tiempo y para diversas culturas el despertar espiritual se ha considerado como una parte consustancial de la vida y sólo en la sociedad actual ha comenzado a verse como algo extraño e incluso patológico, como también son considerados como algo enfermizo la muerte o el mismo nacimiento. Utilizo la palabra espiritualidad en el sentido de numinoso, término que Jung empleaba para describir una experiencia que se vive como sagrada, divina o fuera de lo común, y que es de carácter estrictamente íntimo y personal. Este encuentro del individuo con su propia divinidad no precisa de intermediarios ni de rituales colectivos o formales, mientras que la religión, que sí que es una actividad grupal y mediatizada por un sacerdote, no tiene porqué propiciar necesariamente el propio descubrimiento.

Tampoco la ciencia actual convencional parece muy compatible con la espiritualidad pues el método científico sólo parece apoyarse en lo que puede pesarse, medirse y tocarse. Así, cualquier concepto que huela a místico queda condenado al rincón de la superstición, la magia o una escasa educación. Y en caso de que se dé en personas inteligentes a éstas se les tildará de inmaduras emocionales, por lo menos. Tristemente las experiencias personales de las realidades espirituales suelen ser interpretadas como psicóticas y síntomas de enfermedad mental. Dado que ni la religión formal ni la ciencia dejan espacio para estas experiencias, no es de extrañar que Jesús escogiera como sus discípulos a simples pescadores.

El término moderno para la experiencia directa de las realidades espirituales es transpersonal, que significa trascender el modo habitual de percibir o interpretar el mundo desde una posición de individuo separado o cuerpo-ego. Para las personas que sí hemos tenido encuentros personales con las realidades espirituales la existencia de lo divino es un hecho basado en la experiencia y la percepción directa y representa un gran paso en el camino de lo que Jung llamaba individuación, la expresión más plena de nuestro más hondo potencial. Como dijo el gran Joseph Campbell en su muy influyente obra “El héroe de las mil caras”, Los dos mundos, el divino y el humano… son en realidad uno. El ámbito de los dioses es una dimensión olvidada del mundo que conocemos.

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Ana Pérez