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Ar-diente-mente | La mente en los dientes

Sara acudió como siempre cruzando la puerta, jadeante y con el pito en culo. No tenía nada más que hacer que venir a la consulta aquejada de un dolor insoportable de su molar, pero venía con prisas, como era habitual. Como siempre, llegaba tarde. Aquella muela ya le venía molestando desde hacía unos meses. Esta vez estaba resuelta a quitarse, de una vez por todas, esas sacudidas que le dejaban durante unas horas al día sin aliento, y todo ello "sin haber moros en la costa", es decir, sin ningún problema, aparente o no, que a corto plazo justificara tal ataque.

Ella, después de una breve separación, ya había vuelto con su marido e iba a intentar de todas las forma posibles recomponer una unión que había tenido visos de fracasar. Un mes antes había decidido trabajarse con Osiris, el huevo de obsidiana, para integrar aspectos suyos duales que no acababa de comprender. Observó sorprendida un miedo "fuera de lógica", no podía introducir el huevo en su vagina, ya que si lo hacía, según ella, podía aquél "desaparecer" por "no se sabe dónde".

Ahora, fuera lo que fuera aquello que la volvía a poner en guardia, se había prometido a sí misma que finalmente lo solucionaría… aunque estaba lejos de saber qué era aquello que la sacudía de vez en cuando. La historia de desamor y desunión ya había acabado, volvía a casa como una guerrera. Se habría cubierto de gloria si no hubiera sido porque el maldito molar le estaba haciendo la puñeta.
Ya hacía unos años que no visitaba a su madre porque, según ella, le faltaron cuidados de su parte. Aun y con esas lejanías, no podía olvidarse de ella, por mucho que le hubiera gustado hacerlo, y "como madre no hay más que una", lo único que podía hacer era esconderse de ella en cualquier situación o momento.

En la consulta, los testajes marcaban un problema emocional no resuelto y precisamente aparecía en el molar correspondiente a la glándula suprarrenal. Una cuestión atemporal estaba poniendo en jaque su paz interior y su tranquilo regreso al hogar.

La conciencia de la dualidad es clave en nuestra vida ya que solo al vivirla y al aceptarla integramos la unidad que lleva implícita. La pregunta es cuándo un ser empieza a ser consciente de esa dualidad y qué le reporta de bueno esa vivencia en su devenir.

La cuestión es que Sara iba buscando esa conciencia desde muy joven y aunque su mente estaba muy estructurada, entre otras cosas por haber vivido mucho tiempo en países del norte europeo para trabajar en una especialidad de ingeniería técnica, en su presente vivía partida por un trabajo de una precisión exquisita al cual se entregaba "por obligación" y lo dotaba de tal grado de autoexigencia, que intentaba compensarla buscando un equilibrio a través de prácticas espirituales y de sanación poco convencionales.

Sara aún no había podido superar una claustrofobia que le impedía subir a ascensores, como también asegurarse de no cerrar las puertas en habitaciones pequeñas y dormir con las ventanas abiertas. La misma claustrofobia que proyectaba en Osiris (el huevo de obsidiana) y que le impedía introducirlo en su vagina por temor a que desapareciera.

Apenas se empezó a trabajar con esa muela que la traía en jaque, ésta se partió en dos. El seguimiento de su proceso tomó un giro al abrirse a la conciencia de una vida fetal que había compartido con una gemela y que no había llegado a nacer. Aquí descubrió una de sus grandes incógnitas, ¿qué pasó con su primer vínculo? "Desapareció sin saber por dónde"…

La existencia de un feto doble aporta un aprendizaje precoz de la dualidad, pero la desaparición de uno de sus partes y la consiguiente reabsorción de la no viable tienen una repercusión emocional que deja huella en la mente del superviviente. No sabemos en qué momento de la gestación se dio tal reabsorción y cuáles fueron los términos en que estas dos almas negociaron cuál de ellas llegaría a ver la luz del sol. Pero las repercusiones estaban ahí, provocando un estrés continuo en Sara y un miedo exacerbado a los lugares cerrados, como cerrado era el lugar que había compartido con su gemela.

Sean los que fueran, esa muela partida trajo la conciencia fetal doble y la reabsorción dejó una serie de marcas mentales (y dentales) que le impedían aceptar la situación privilegiada de seguir viva. Estas creencias la llevaron a la búsqueda de una unidad ficticia a través de un trasiego extenuante de proyectos que no podía abarcar y un desaforado estrés que enmascaraba el malestar por no conseguirlo. Por otra parte, Sara tomó a su gemela uterina como su otra mitad y su "desaparición" llenó de fantasmas una mente que se reiniciaba continuamente sin llegar a concluir ningún proceso.

Una pieza dental no enferma "porque sí", tampoco se resuelve su desequilibrio de la misma manera. Existen procesos en los que "te la juegas". Ese minúsculo hueso que se enraíza a la perfección en la mandíbula está provisto de unos receptores emocionales que se acercan a la mente inconsciente. La salud dental es una oportunidad para observar estos procesos. Claro… si eres valiente. Sara lo fue.

www.zentrame.es

Amelia Izquierdo Acamer - Psicología clínica
Gema Ballester Palanca -
Médica Odontóloga.