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Puente de conexión | La Odontología en el Camino de las Flores

Fue una sincronicidad que Gema y yo nos conociéramos en un camino especial, el camino del campo estrellado, más conocido como Camino de Santiago. Aún estábamos lejos de comprender el significado de lo que vivimos durante trece días a lo largo y ancho de un transitar de trescientos kilómetros bañados de sudores, sonrisas y lágrimas.

El calor penetrante del agosto lo paliábamos levantándonos en la más completa oscuridad de la noche. Esto significaba vivir en plenitud los ritmos naturales de la vida. Ante la magnitud de los anocheceres y de los amaneceres, la luz y la oscuridad jugaron ante nuestros pies cansados y nuestros ojos casi dormidos, un baile en continua polaridad.

Nuestras mochilas cargadas hasta los topes nos hacían comprender el peso de nuestras almas, aliviadas por el apoyo y la comunión de nuestras penas y sofocos bajo ese tórrido sol del verano, en el que solo nos mantenía un impulso: llegar a nuestro destino, el Portal de la Gloria, la puerta de la catedral de Santiago. Llegadas a este punto, una se pregunta qué puede albergar de “gloria” un lugar donde reposan los restos de un apóstol que precisamente no tuvo éxito en su propio peregrinar y que fue tras su muerte cuando su sepulcro fue convertido en un camino póstumo, y con ello, uno de los senderos más transitados por toda clase de peregrinos.

Es posible que algunos de nosotros podamos entender el sentido que puede tener la muerte tras la vida, ya que, tras sus designios celestes, nos brinda la oportunidad de un aprendizaje aunque sea con un simple aprobado. La cuestión es que allí acabaremos, hagamos o no hagamos el Camino de Santiago, satisfechos del esfuerzo realizado, de la disciplina más somera, de la felicidad más trabajada.

Pues bien, ese lugar donde reposa el cuerpo de Jacob con su sobresaliente estelar, nos brindó la gran oportunidad de encontrar una flor (la flor de Santiago), representante de la estrella, uniendo a dos disciplinas que desde las bases de sus propias estructuras académicas y sus desarrollos científicos estaban volcadas a una especie de ostracismo: la Medicina Odontológica y la Psicología.

La dualidad sigue estando presente en nuestro contexto cultural y social, y aunque parezca mentira, aún son muchos los que se preguntan qué pintamos estas dos representantes trabajando en conjunción. Esto es algo así como observar cómo se puede quedar un paciente con la “ boca abierta” cuando se le pregunta a quién o qué mordería en lugar de desgastar su esmalte dental rechinando mientras duerme… Tal vez muchos se pregunten y qué tendrá que ver.

La terapia floral nos brindó el puente de conexión, ya que la Medicina y la Psicología compartieron en su caminar más ancestral la misma raíz en el arte de acompañar al ser humano en el restablecimiento de su salud: la ecología, rama de la biología que se encarga de estudiar a los seres en interacción con su ambiente. Esto nos lleva a comprender el significado de lo ecológico, a conocer la variedad de sistemas relacionales que existen en el ser humano y a descolgarnos de la simple presunción de que un diente, por ejemplo, es solo un diente, venga por caso.

Formar parte de un sistema implica una correlación y una integración entre todas las partes de ese sistema y a su vez, una interacción con otros sistemas, viendo al “Todo” como mucho más que la suma de sus partes.

Edward Bach nos proporcionó un método de terapia de polaridad con las flores, representantes de la vibración, de la armonía y de los ritmos patentes en la naturaleza en su continuo relacional con los seres que la habitan. No me imagino mejor sistema que éste para beneficiarnos de una odontología ecológica.

Las flores nos otorgan con su nobleza y pureza los recursos necesarios para devolver al organismo su equilibrio. Contienen un código energético que es captado del Cosmos, este código se manifiesta en un patrón transpersonal que es capaz de actuar a todos los niveles del ser humano: emocional, mental, físico y espiritual.

Esto quiere decir que un absceso de pus en un diente que ha enfermado, o una mal posición dental, tienen una razón ecológica de ser y que el ser humano puede descifrarlo y solucionarlo si es atendido desde su integridad y con la conciencia de su personalidad.

La flor es el regalo más puro y sencillo de la naturaleza, precede al fruto. Representa el origen; capta y traduce los códigos celestes, encajando a la perfección en todas y cada una de las estructuras y sistemas humanos. Un dolor rabioso es reimpreso con el amor del Acebo, un absceso de pus, es invitado a salir con el código de amabilidad del Espinifex, una herida que sangra, suturada por la paz de la Estrella de Belén.

Y por citar una de las peores pesadillas, como es la caída de los dientes, advertir la necesidad del Álamo Temblon, que despide a los presagios con dosis agraciadas de fe.

Amelia Izquierdo Acamer - Gema Ballester Palanca