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Una boca ecológica | Empastes sin toxicidad

Muchas veces las personas buscamos soluciones definitivas porque deseamos mantener un estado de certidumbre que nos dé seguridad. Pocas veces observamos lo que nos sucede como un proceso, como un paso que nos lleva no a la solución definitiva sino a la más adecuada. La sociedad y la misma ciencia no admite el principio de incertidumbre y en sus presupuestos lo descalifica.

La paradoja de la vida es que en realidad lo cierto resulta ser lo más incierto, y lo definitivo, con el tiempo, nos da muestra de la provisionalidad de todas las acciones y sus reacciones respectivas. Nada de lo que hacemos nos puede demostrar que lo que dejamos de hacer pudo ser lo correcto, y aun así y con todo, la expresión “tendría que haber hecho” es una de las más usadas.

Esto viene a colación porque en nuestra consulta observamos cada vez más las repercusiones y efectos nocivos de las amalgamas que se ponían y aún siguen poniéndose para obturar las caries. Una de las “ventajas” que tenían era que podían aguantar más tiempo sin el inconveniente de tenerlas que cambiar o reparar; con éstas, se les proveía a los pacientes de la seguridad de “haber acabado definitivamente con su problema”, y pocos se planteaban la posibilidad de que pudieran con el tiempo revertir en una toxicidad tan lenta y permanente como la solución que las determinó como adecuadas.

Estas amalgamas contienen altos índices de mercurio, uno de los metales pesados más tóxicos del sistema. Ya existe una asociación, los “Mercuriales”, pacientes afectados por el mercurio de las amalgamas. Están catalogadas hasta más de un centenar de enfermedades como consecuencia de la intoxicación progresiva del mercurio. Pocos de estos pacientes, como tampoco los dentistas que las ponían, habrían advertido de este desenlace, derivado de su natural y genuino deseo de acabar con un problema de caries, por la sencilla razón de que no sabían de esa toxicidad.

Existen métodos de diagnóstico, alejados de los convencionales, con los que se puede determinar por qué enferma un diente. La boca nos habla de la historia de la persona, de sus vivencias, de sus preocupaciones y miedos, de su estado de salud en general y también dónde podemos encontrar el origen del proceso que ha acabado con un azote a una pieza dental. La comprensión de este fenómeno da una solución que en la mayoría de las ocasiones está alejada de la boca, aunque interrelacionada con ella. Por supuesto, este diagnóstico amplía el espectro de las explicaciones que van más allá de entender por qué un paciente sufre caries en un diente y no en otro, incluso que se nos quede tan corto como simplista el justificar que un diente enferma por una acidificación del esmalte o por exceso de comer dulces y golosinas que antaño fueron los argumentos más empleados.

Si no erradicamos la causa, el problema se mantiene, aunque sea con una sustitución de síntomas, como puede ser el efecto de una intoxicación por un exceso de metales pesados en sangre. Siendo este el gran problema de las amalgamas que se han aplicado y aún se siguen aplicando en la actualidad. Incluso las resinas y las porcelanas producen una toxicidad que ha de ser revisada en profundidad para no caer en aquello de que da igual 8 que 80.

Para retirar estas amalgamas, debemos seguir un protocolo minucioso y específico que proteja no solo al paciente sino al profesional que la lleva a cabo. Esto es debido a que el mercurio que contienen se libera en la remoción. Incluso podemos llegar a determinar cuál de ellas es la más perjudicial y empezar con esa. Es imprescindible pautar todo el proceso ajustando un tiempo determinado y una administración de la homeopatía. Se aplican fundamentalmente medicinas de la tierra, ya que guardan una relación ecológica con el tratamiento, son naturales y sintónicas con la ayuda que la naturaleza nos presta continuamente a través de algunos minerales, flores, plantas y algas como la Chlorella, que resultan imprescindibles.

Afortunadamente aún disponemos de una farmacia natural dispuesta a protegernos de todo aquello que la sociedad industrializada y tecnificada nos ha ido proponiendo, soslayando en muchas ocasiones nuestra capacidad para ejercitar la voluntad y el buen sentido común de no meternos en el cuerpo nada que pueda provocar daño o enfermedad.

Es decir que los seres humanos debemos defender nuestra salud; respetar nuestros cuerpos con materiales nobles; mantener nuestra integridad, aceptando la impermanencia de comprender los procesos inevitables de cambio; ejercitar el buen uso del escepticismo, no dejar de preguntarnos el porqué y el para qué de lo que nos sucede; ser más conscientes de nuestras necesidades, creyendo firmemente en nuestra capacidad de sanarnos por encima de todo especialista que sepa “mucho de algo” pero “poco” de nosotros.

En resumidas cuentas, podemos hacer del cambio la aventura más apasionante de la vida. Y respecto a las amalgamas… ¡cambiarlas! Pero no de cualquier manera.

Amelia Izquierdo Acamer - Gema Ballester Palanca